Volvió el Trueque: un día en la feria de Laferrere

24 JUL – LA MATANZA – Se cambian zapatillas y remeras por aceite o azúcar. Las mantas con ropa usada y alimentos se multiplican a lo largo de la calle Comodoro Py. Quienes no tienen algo para intercambiar, ofrecen sus servicios.

Sonia Lobo tiene 46 años y 8 hijos. Siempre vendió ropa usada. Siempre vio “malaria”, dice. Pero “nunca como ahora”. En Laferrere, ya no está en una feria más. Está en una donde manda el trueque. Eso es un nivel “más abajo” -lo dice y señala el piso- en la línea de pobreza. Con la mano bien abierta, también hace una seña hacia atrás. Es que la escena es en modo flashback.

Muchas de las personas con las que se habló este sábado no pudieron quedar colgados del salvataje del trabajo informal. Resistieron meses. Y se soltaron. Muchas historias, con sus variantes, son derivaciones de una realidad que no se veía desde la crisis de 2001: tener que cambiar ropa por comida.

Después de las salas de terapia intensiva, este fenómeno, que se creía olvidado, es otro de los cuadros más viscerales que pintó la pandemia en la Argentina. 

El trueque empezó a hacerse ver varios meses después del inicio de la cuarentena por el coronavirus y hace poco que muestra su lienzo más ajado. Ahora se cambia lo que sea por comida.

En la feria que se arma en la calla Comodoro Py, en Laferrere, manda el trueque. No hay efectivo. Foto Fernando de la Orden

El pasado se vuelve presente y las estadísticas se vuelven realidad. A diferencia de la crisis del corralito, al trueque lo ayuda Facebook. Solicitud en un grupo creado especialmente para esto. Aceptación del administrador, posteo y punto de encuentro para dar y recibir. Muchas veces, arriba de cada producto va algún billete que compense agujeros o terceras marcas.

Por la cantidad de mantas, que cada vez es mayor, Sonia se queja de la competencia. Está en uno de los puntos más calientes del conurbano profundo en cuanto a necesidad de intercambiar objetos por alimentos. La Matanza es hoy la tierra de la “vuelta al trueque”.

Alimentos y ropa usada se mezclan en una feria donde todo se intercambia. Foto Fernando de la Orden

No es un caso aislado. Es masivo. Cada vez hay más gente en la misma feria, que cada vez está más días.  Los grupos de trueque florecen online y también muy lejos del puesto de Sonia. Villa Soldati, Lomas de Zamora, Bernal, Ciudadela, Ituzaingo, Moreno. Cada localidad tiene diversas opciones de trueque virtual. Pero La Matanza avanza primero con el trueque.

“Acá viene gente que vende los alimentos que llegan en el bolsón de comida. Ofrecen 5 paquetes de arvejas por $ 100 y no se puede competir contra lo que traigo yo, que compro en el Mercado Central. Necesito recibir a cambio plata en vez de ropa. La mayoría ya está en el nivel de cambiar zapatillas por comida”, detalla Sonia.

La gente lleva lo que tiene para cambiarlo por comida o cosas que necesita. Foto Fernando de la Orden

En casi tres cuadras, sobre Comodoro Py, hay mantas de ambos lados de la vereda de tierra. Es difícil caminar por la cantidad de gente que desdobla algún buzo o saca paquetes de fideos. El panorama tiene de fondo los juegos oxidados de un parque de diversiones que tampoco sobrevivió a la crisis de hace 20 años. Se asoma un vistoso barco pirata y hasta un zumba que mantiene algo de color.

Pero ahí nadie se divierte. Nadie pone música -a diferencia de lo que pasa a tres cuadras de ahí, en pleno paseo comercial, también informal-, no hay clima de feria. Es “el rebusque del rebusque”.

Los juegos de un parque de diversiones abandonado le sirven de fondo a la feria del trueque que se hace en Laferrere. Foto Fernando de la Orden

Miriam Cáceres es una de esas mujeres que no sonríe. Que sea mujer importa. Porque la mayoría de las personas que están en el trueque son mujeres. Quizás, como dice una de las organizadoras, “porque se la bancan más”. O porque son “las que más ponen la cara para tocar el timbre en las casas y pedir ropa para traer acá”. O, también, “porque son las que más idea tienen de lo que cuestan las cosas”.

Sea como fuere, Miriam tiene 52 y ni siquiera está en el plano de poder ofrecer ropa por comida. Está parada, sola, con su cartel.“Alisado y botox o manicuría. Por alimentos. Día a convenir”.

“Antes de la pandemia limpiaba en casas particulares. Hasta que un día me dijeron que no vaya más. Tengo un hijo discapacitado y no me alcanza con la ayuda (asistencial) que me dan. Las changas no aparecen para mí y estoy toda la semana en distintas ferias para poder comer”, dice. Hace un año está desempleada. Y nunca estuvo en blanco.

Miriam Cáceres ofrece servicios de estética a cambio de alimentos. Foto Fernando de la Orden

¿Cuánto se lleva a casa después de unas tres horas en la feria? Nada. Tiene que esperar a que se cumpla el intercambio. “Cinco o seis paquetes de arroz o leche quedan apalabrados. Coordino con las mujeres y voy a sus casas a cumplir con el servicio y ahí me dan los alimentos”, cuenta.  Y comenta: “Me salió caro el curso de estética, que había hecho antes de todo esto, pero por lo menos ahora me está sirviendo para vivir.”

Esta es una de las ferias de trueque más concurridas de La Matanza. Está los sábados, los lunes y miércoles. Pese a la cantidad de gente, no hay presencia policial ni señalética de “Vacunate”, la campaña del Gobierno de la Provincia para fomentar la inmunización contra el Covid.

Tampoco están las ambulancias que, tres cuadras más adelante, donde se vacuna, están ploteadas con “Vacunatorio móvil”. No hay Municipalidad. No hay Gobierno bonaerense. No hay Estado. Hay gente haciendo trueque.

Muchas familias viven gracias al trueque. Foto Fernando de la Orden

“Muchas familias viven de esto. Es su único medio de vida. Que acompaña, a veces, una tarjeta alimentaria. Vienen familias por ropa pero también se intercambian productos. Porque algunas no consumen tal alimento (que se entrega en el municipio), vienen y lo cambian por otro. Pero también cambian trabajo por comida”, dice Eduardo “Chiquito” Belliboni , dirigente nacional del Polo Obrero, que recorrió las mantas junto a este diario.

La novedad del trueque en pandemia, dice, “es que se ve a chicos y chicas que ofrecen lo que aprendieron en cursos que, al final, no terminaron en acceso al mercado laboral. Esto está mostrando una situación social desesperante. Gente que quiere trabajar, salir. Esto es un trabajo, que implica un enorme esfuerzo. Hay que estar todos los días viniendo acá con la ropa, tenerla en condiciones y ofrecer lo que saben, por comida”, describe.

Esto no es “club del trueque”. No existe tal club. no hay membresía, no hay reglas. María no paga por estar ahí, vale recordar, porque está parada. Las organizadoras cobran entre $ 50 y $ 150 por día por manta. Y eso a nadie le gusta.

Fideos, jeans y controles remotos. Una postal de la feria del trueque de Laferrere. Foto Fernando de la Orden

No te cuidan el lugar, no controlan que no se venda al lado de donde se hace trueque. Igual, acá todos somos buscas”, dice, muy alterada, una mujer que se mete en otra entrevista para esta nota. Después de eso, quien estaba siendo entrevistada prefiere callar.

En medio de estos conflictos, Ana González (52), es una de las pocas que llevan adelante el trueque en su estado más puro. Ella sólo hace intercambio. A secas. In situ. Consumado. Cambia una remera nueva por dos aceites. 

Hace 20 años, desde la crisis del Gobierno de la Alianza, vivía con sus hijas en un barrio que ella sólo llama “villa”. Siente que hoy su calidad de vida es similar a la de ese momento. “Hago trueque porque la necesidad es muy grande. Me volví a encontrar en esta situación, porque mi marido perdió el trabajo en la pandemia y en mi casa somos… varios”, cuenta.

La feria del trueque es “el rebusque del rebusque”. Foto Fernando de la Orden

A unas zapatillas usadas las cambia “por fideos, azúcar, lo que sea”. Se saluda con todos y para de hablar de ella para hablar del puesto de al lado, que tiene quitaesmalte, algodón y otros artículos de perfumería, como cremas, fraccionados en potecitos.

“No soy solo yo la que estoy mal. Esto pasa en toda La Matanza. Hay mucha pobreza, se ve muchísimo. Entonces, todo lo que yo tengo acá y lo que está al lado, si lo piden, lo damos por dos paquetes de azúcar”, cierra. El trueque volvió, precisamente, entre las personas que no lo extrañaban. –

Infocom.ar, con información de Emilia Vexler | Clarín

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